Así que ayer, aprovechando la espera en el centro de salud, saqué con desgana el libro de Sachar del bolso y empecé a leer. Volví a casa y seguí leyendo. Por la noche me caía del sueño (fue un día especialmente largo), pero seguía pasando las páginas. Me desperté hoy y terminé la historia, sin darme cuenta que la cafeína habitual a esas horas todavía no corría por mis venas.
No me acuerdo cuándo disfruté un libro de esta manera la última vez. Tal vez porque sabía que no ocultaba retos para mi memoria lectora, que no tenía que leerlo en el nivel intertextual, que no tenía que esforzarme para entender "todas las cosas" y simplemente lo leí sin esperar nada en particular. Como cuando era niña...
Los personajes tomaban forma con cada página que pasaba, después de unas cuantas ya podía imaginarme perfectamente el Campamento Green Lake, el calor insoportable, la tierra seca y dura que formaba montículos al lado de los hoyos que cavaban los chicos, las ampollas y luego callos en sus manos, el jugo de las cebollas salvajes cuando hundes en ellas tus dientes, la sequedad de la garganta, la melodía de la canción cantada al cerdito para que crezca gordito...

¡Qué libro tan bonito! Me di cuenta que extraño las historias en las que se sabe perfectamente quién es bueno y quién malo, que añoro la magia que se mezcla con los acontecimientos aparentemente cotidianos, de tal manera, que todo parece lo más normal del mundo; los libros sin la oscuridad pesada, sin intenciones de deprimirte en los siguientes 10 días. ¡Qué delicia poder agarrar el libro como hace muchos años y disfrutarlo sin más, sin tener que buscar 10 mil fondos y 10 mil maneras de analizar y explicar las intenciones del autor!
No me entiendan mal, es un libro sumamente bien escrito, la historia fluye sin esfuerzo, todo encaja, nos reímos, nos sorprendemos, sentimos lástima y lo más importante, esperamos el desenlace con ansias.
Gracias Sachar por regalarme esa sorprendente vuelta a la infancia.
